Por Carlos Cano Pérez (antiguo alumnos y actual profesor en prácticas del máster de Profesorado)

“El tiempo pasa con rapidez; las cosas siempre ocurren antes de lo que uno se espera.” Eso fue lo que dijo Lloyd Alexandre en su saga “Las crónicas de Prydain”. Y qué verdad tuvo. El tiempo se desliza entre los dedos a una velocidad que da vértigo.

Va a hacer ya siete años desde que finalicé mis estudios en lo que considero mi instituto. Siete años desde que finalicé una etapa importante. Como la vida siempre va con prisas, me metí de lleno en otra aún más importante, la universidad. En ella viví todo un looping de montaña rusa, con sus épocas buenas y sus no tan buenas. Me llené los bolsillos de experiencia. Me levantaba cada día a las seis de la mañana y de camino a Cantoblanco el sol me ofrecía sus más cálidos buenos días, a pesar de estar a bajo cero. Aprendí enormemente dentro del ámbito de la investigación científica. En concreto, me especialicé en los efectos beneficiosos de bioestimulantes (como el silicio) ante la deficiencia de hierro en plantas de pepino. Era fascinante tener una propia cámara de cultivo compartida con tu equipo de investigación. Aunque también era frustrante la cantidad de dedicación que le tienes que rendir a la ciencia. Aun así ella no siempre te complace con la mejor de sus sonrisas.

A medida que los años han transcurrido, hay algo que ha permanecido inalterable. He tenido la suerte de poder seguir en contacto con algunos antiguos compañeros del instituto. A algunos les va tan bien que me alegro enormemente por ellos. Quedamos y nos resulta inevitable recordar viejos tiempos. Qué daríamos nosotros por volver a ver una pizarra llena de la teoría del sistema diédrico, proposiciones subordinadas sustantivas, ecuaciones de termodinámica, gravitación… o aunque fuesen las mismísimas integrales… qué más daba. No sé si será verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero desde luego puedo afirmar tanto yo como otros compañeros que fueron buenos tiempos, es imposible negarlo. De una forma u otra, podría decirse que siempre me he sentido ligado a este instituto. Al fin y al cabo, es difícil olvidar dónde has desarrollado los años más críticos de cualquier persona, la adolescencia. Quién iba a decirme que iba a volver, pero esta vez de profesor.

Me gradué en química. Fui el primero de mi promoción y a pesar de los comentarios que intentaban echarme para atrás, yo tenía muy claro a lo que quería dedicarme: al mundo de la docencia. Y qué mejor sitio para empezar en este mundillo que en el lugar donde me formé tanto académicamente como personalmente, mi instituto.

Después de siete semanas, finalizando ya las prácticas, me ha resultado muy curioso el mundo del docente una vez suena el timbre y acaba la clase. La involucración con el alumnado en lo que se refiere a la competencia emocional es mucho mayor de lo que me imaginaba. Existen reuniones semanales donde dialogan sobre las diferentes circunstancias del alumnado con el fin de solventar sus problemas. El esfuerzo que presentan para atender a la diversidad es constante. Nunca miran a otro lado, siempre están ahí para decirles a los adolescentes cuál es el camino a seguir. Se involucran, aconsejan y orientan en un horario que ni siquiera da tiempo a tomarse un café. Además, presentan un gran compromiso con la acción tutorial. Se desarrolla una hora semanal una reunión con los diversos tutores de los cursos. El objetivo es seguir una evaluación periódica de la hora de la tutoría.

Respecto a mi experiencia en concreto, me encuentro realizando en el instituto un proyecto de investigación educativo que intenta evaluar cuánto relacionan los estudiantes la química con la vida diaria. Para ello, realizamos pequeños experimentos. Les explico y les muestro que la química está mucho más allá de los libros de texto. Por ejemplo, pudimos ver por el método de la imantación el hierro que contienen los cereales. Ante su asombro, se puede llegar a observar con un imán de neodimio.

Como conclusión a estas semanas de prácticas puedo afirmar que la vida de un profesor es dura. No siempre los alumnos favorecen un clima idóneo para dar clase. A su vez, los docentes se encuentran con una programación demasiado extensa que impide el desarrollo de todas las competencias que establece la LOMCE. El temario debería reducirse, tener grupos más reducidos y trabajar los contenidos contextualizados a su vida diaria. De esta forma se podría motivar a los estudiantes y aumentar su interés hacia todas las asignaturas. Pero mientras la ley no cambie, la solución se limita a lo que buenamente puede llevar a cabo cada profesor en su clase. Intentando innovar cuando proceda o intentado llevar simplemente el día a día.

Pero a pesar de todo, por muy malos que sean los días, esta profesión merece la pena: pensar que lo que dices puede llegarle a alguien y que pasados unos años esa persona te tome como un referente no tiene precio. Pues es lo que me ha pasado. Yo lo único que quiero es que en el futuro pueda ser tan buen profesor como fueron los míos, que considero como referentes.

Si pudiera daros algún consejo estimados estudiantes, sería que aprovecharais cada momento de vuestra estancia en vuestro instituto. Como mencioné al principio, el tiempo no toma tregua. Disfrutad y dejaos enseñar por todo el equipo que os rodea cada día. Sé de lo que hablo.

Quería dar un especial agradecimiento a Gema, mi tutora, por enseñarme tan bien durante estas siete semanas y ponérmelo todo tan fácil. A Belén, por dejarme un hueco en sus clase de 2º ESO. Espero que ambas seáis muy felices en los años venideros. Porque os lo merecéis.

Y cómo no, mencionar a todos los profesores que tuve en segundo de bachillerato, que forjaron en mí mi constancia ante las adversidades y gracias a ellos he podido llegar a donde estoy hoy. Gracias Rosa, por hacernos tan amenas las clases de lengua. Gracias Chema, por enseñarnos frases que nos ayudaron a integrar por partes. Gracias Mariángeles, por ayudarme en el inglés que nunca fue mi punto fuerte. Gracias Maite, por ser tan cercana y amable y explicar tan bien el sistema diédrico (aún me acuerdo de algo, de invertir una recta no, lo siento). Gracias Castrejón, por abrir nuestras mentes y enseñarnos que filosofar es un deber más que un derecho. Gracias Jesús, por hacer que adore la física como la adoro hoy en día. Gracias Maribel, por enseñarnos que para saber a dónde vamos, debemos saber de dónde venimos. Y por último y no por ello menos importante, gracias Gema por ser tan entregada en tu profesión y ser tan profesional y transmitirnos tu vocación por la química.

Os deseo a todos lo mejor, ojalá volvamos a vernos pronto.

Mis más cordiales saludos,

Carlos.