Se acaba una de las etapas más importantes y bonitas de mi vida, porque las prácticas han sido dos años y una experiencia de vida completa. Todavía recuerdo aquel 20 de enero de 2025, entrando con mi bolso nuevo “de profe” y con una mochila cargada de miedos e inseguridades, a enfrentarme a la que sería mi primera clase oficial. No sé qué ha pasado exactamente desde entonces, pero estoy a 15 de abril de 2026 necesitando que me arranquen de esa silla que había denominado mía dentro de la sala de profes. Bueno, creo que sí puedo hacerme una idea de lo que ha pasado: dos cursos, dos trimestres y un montón de retos nuevos.

Era tan solo una niña, con 12 años, cuando entraba por primera vez a ese instituto sin saber muy bien todo lo que me depararía en él. Ahora, entrando de nuevo a esa clase de primero de la ESO, se me pusieron un poco los pelos de punta. Entraba, por primera vez, de nuevo, a un instituto que como alumna me había dado buenos momentos y que como profe, aún no lo sabía, pero me iba a dar los mejores. Aunque decir la palabra “profe” todavía asuste un poco.

Ha sido un recorrido largo (aunque se me ha hecho corto) e intenso, pero un camino muy bonito que me ha conducido a una madurez intelectual y personal importantes. He aprendido a manejar una pantalla digital (que parece mentira, pero hace falta un máster aparte para ello), a utilizar una impresora (a medias), a ser profe en excursiones y salidas. He aprendido a ubicarme en el que una vez fue mi instituto (porque me he perdido y equivocado de clase en más de una ocasión) y a dejarme la voz más de lo que creía necesario.

El instituto se ha convertido también en mi lugar seguro gracias a las personas que forman parte de él. Profesores/as a los que se me hacía raro ver cómo compañeros, habiendo sido su alumna; profesores que conocías y en seguida conectabas, compañeras/os de departamento que siempre estaban dispuestas/os a ayudar y a acompañarte en tu proceso y, por encima de todo, una tutora que acompaña, que aconseja, que apoya, que da libertad y alas, que acaricia el alma, que creyó en mí desde el primer día (y sin conocerme).

Gracias, Elena, porque sin ti, nada de esto tendría sentido. Sin ti, ni siquiera hubiera entrado a hacer prácticas en mi instituto. Y sin ti no sería ni la mitad de lo que soy ahora mismo. No solo educas, sino que entras en los corazones de muchas personitas que te admiran y te acompañan, yo la primera de ellas. Gracias por escogerme sin apenas conocerme, gracias por dejarme ser yo misma contigo y gracias por depositar en mí la confianza para poder soltarme y convertirme en el tipo de profesora que me gustaría ser en algún futuro. Porque si he descubierto realmente mi vocación, ha sido gracias a ti.

Gracias a las profesoras que han tenido el detalle de conocerme y confiar en mí y en mi criterio para verme como una compañera más a la que pedir consejo y que pueda ayudar. Gracias a los profesores y compañeros que, no siendo de la misma materia, también me han querido conocer, me han aconsejado y me han hecho sentirme incluida en un mundo completamente nuevo y ajeno a mí.

Gracias a los/las profesores/as de siempre, los que me veían aún como aquella alumna aplicada que no rompía un plato en clase y ahora me ven como una profesora más dentro de ese claustro. Gracias por la confianza y por las charlas (que, a veces, yo también las he necesitado). Gracias a vosotros/as estoy en el camino correcto, porque sin vuestra labor, no seríamos nadie. Gracias, Vicente por darme voz, una vez más.

Y, por supuesto, gracias a todos/as mis niños/as, porque para mí siempre vais a ser mis primeros niños (aunque tengamos casi la mismas edad, algunos). Gracias a todos los alumnos que en algún momento han visto en mí una hermana mayor, alguien en quien confiar y a quién querer. Gracias por las despedidas, los abrazos, los “te quiero”, las cartitas y los detallitos. Y es que cada “gracias, profe”, “no te vayas, profe”, “te vamos a echar mucho de menos”, “has sido importante para mí” se quedan clavados muy dentro. Gracias por estos dos años.

Se cierra una etapa llena de altibajos y de intensidades, pero una etapa preciosa que me recuerda día a día el porqué de lo que hacemos los docentes. Una etapa que me ha mostrado los claroscuros de la profesión y que me ha convertido en una mujer mucho más madura y consciente. Sobre todo, una etapa que me ha hecho ver mi verdadera vocación, por si no lo tenía demasiado claro cuando decidí este camino con 14 añitos.

Así que, haciendo honor a mi papel de drama queen y con mucha pena y lágrimas, gracias a todos y todas los/las que han formado parte de este camino, ha sido precioso por vuestra culpa.

Hasta la próxima (que espero que sea dentro de muy poquito).

Johanna Martínez Plaza.